sábado

Balborraz





Me he parado a mirar una calle

que baja hasta el río, que baja o sube
según quien venga de tierra adentro o
de tierra afuera; calle con aires de mar
y rumores de oficios extinguidos:
lanero, calderero, herrero,
alfamerero, imaginero, poeta.
¿Calle platónica, ideal para “aceptar
la infinitud del instante”? –como dijo
el gran Rainer María–. En todo caso,
aquí es donde la infinitud se nos desnudó
una noche, frente a un portal en ruinas,
para mostrarnos, como quien tiembla
en sueños, toda esa abundancia del animal
herido; como quien tiembla o vela
en una pensión de la que nunca, nunca
se ha visto entrar ni salir a nadie.
Ahora esta calle, que arroja falsos relumbros
de puerto, y tiene silencios milenarios
adheridos a la piel, con sus pasos de luto
se repite en mí, con sus piedras que sangran
y sus geranios brillando aún en las ventanas,
se repite hasta olvidarse: acepta mi sombra.